Reseña de ‘Algo va mal’ de TONY JUDT

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Tony Judt (Londres, 2 de enero de 1948 – Nueva York, 6 de agosto de 2010) fue uno de los historiadores e investigadores de la Europa de finales del siglo XX más respetados en su profesión. El también escritor británico es autor de obras notables como ‘Postguerra: una historia de Europa desde 1945’ o ‘Pensar en el siglo XX’, además haber sido profesor en varias universidades. Especializado en cuestiones europeas, dirigió el Erich Maria Remarque Institute en la Universidad de Nueva York.

En su obra ‘Algo va mal’, Judt hace una crítica al modelo de vida actual de las sociedades más avanzadas. El libro está repleto de referencias al materialismo y al individualismo imperantes en las organizaciones sociales contemporáneas, que el autor califica de negativos. Estos conceptos los relaciona con el empobrecimiento colectivo que afecta a las mencionadas sociedades, y que tiene diversas manifestaciones en las mismas: carreteras deterioradas, puentes en mal estado, escuelas públicas pobremente mantenidas y altas tasas de desempleo, entre otros.

Argumenta que la forma en que «hemos dejado» evolucionar la forma de organización política, permitiendo la pérdida de poder de los Estados frente a los «mercados libres», ha desembocado en sociedades cada día más empobrecidas, pero sobre todo fuertemente desiguales. Y esta desigualdad aumenta cada día, pues el nulo control en el sistema capitalista ha provocado que los ricos hoy sean más ricos mientras que los pobres son cada vez más pobres.

Los datos al respecto son cristalinos. A consecuencia de la reciente crisis económica, en España, y según datos revelados por Unai Sordo, secretario general de Comisiones Obreras —extraídos del Índice de Precios del Trabajo (IPT)>[1]—, mientras que las empresas ganan 36.000 millones de euros más, los salarios reales han caído un 7 % y los salarios más bajos se han reducido un 22 %. La reforma laboral del 2012 no ha logrado sino reducir salarios y mejorar márgenes empresariales. Pese a que se han logrado alcanzar niveles de Producto Interior Bruto (PIB) anteriores a la crisis, el gasto y la inversión públicos todavía no se recuperan de los recortes sufridos durante este periodo de dificultades. Todos los análisis apuntan en la misma dirección: la última década en nuestro país se salda con una estructura económica y social más desequilibrada. Pero, ¿de dónde viene todo esto? A este respecto, el autor británico nos invita a reflexionar: ¿Cómo hemos dejado que ocurriera?

Escribe Tony Judt al inicio de su obra:

«Hay algo profundamente erróneo en la forma en la que vivimos hoy. […] Gran parte de lo que hoy nos parece “natural” proviene de la década de 1980: la obsesión por la creación de la riqueza, el culto a la privatización y el sector privado, las crecientes diferencias entre ricos y pobres. Y, sobre todo, la retórica que los acompaña: una admiración acrítica por los mercados no regulados, el desprecio por el sector público, la ilusión del crecimiento infinito».

(JUDT, 2011: 17-18).

Se refiere a creciente desigualdad que reina cada día más en las democracias de países desarrollados, a la forma en que hemos permitido que los mercados libres camparan a sus anchas sin regulación ninguna, o a la alarmante tasa de paro. Pero también al resurgimiento de colectivos que, pese a contar con un salario derivado de su trabajo, viven por debajo del umbral de la pobreza. O lo que es lo mismo: en el nuevo modelo en el que nos encontramos, las curvas de crecimiento económico de los países y de la renta de la mayoría de los ciudadanos no son para nada paralelas, no progresan juntas. Hemos asistido durante los últimos 30 años a un encogimiento del Estado de Bienestar. Y lo peor de todo es que no lo hemos visto venir: simplemente ha ido ocurriendo delante de nuestros ojos sin que nos diéramos cuenta, o nos ha parecido coherente permitirlo porque, como dice Judt, el coste de su mantenimiento parecía demasiado elevado[2].

Pese a que pareciera que la lección extraída de la historia reciente apuntaba la necesidad de Estados fuertes, parece que en general en Europa —y especialmente en España— se ha tendido justamente a la situación contraria: Estados cada vez más pequeños que abandonan a su suerte a colectivos necesitados, priorizando la “salud de los mercados”.

Sin embargo, el verdadero problema viene, según Judt, cuando en las sociedades se instala la creencia o pensamiento de que dicha desigualdad es una condición natural. Y resulta una idea especialmente interesa porque de otra manera no se explica que durante el periodo de crisis acusada aceptáramos que se socializaran las pérdidas, y ahora permitamos que se privaticen las ganancias. Permitimos que los beneficios nunca lleguen a la mayoría. 

Pero lo realmente llamativo de las desigualdades es que en los países más desarrollados se tienda a pensar que es un problema endémico de países más pobres. Como bien menciona el británico, el hecho de que una gran potencia económica como Estados Unidos tenga el mismo coeficiente Gini[3] que China es buena prueba de ello. Y, por otro lado, no deja de ser alarmante. 

El libro aborda también una serie de temáticas muy relevantes para el análisis profundo de la situación actual, que el autor presenta para invitar al lector a la reflexión. La primera de estas cuestiones es la confianza, que Judt defiende es imperativa para cambiar la manera en que vivimos. Pues sin la confianza, base del trabajo y el esfuerzo colectivos que en la actualidad se han abandonado —y que deben ser recuperados—, resulta imposible el buen funcionamiento de una sociedad. Como bien resume el autor: «Cuanto más igualitaria es una sociedad, más confianza reina en ella» (JUDT, 2011: 72-73).

La única manera, según defiende Judt en el libro, de que todos los individuos que integran una sociedad contribuyan a la misma (por ejemplo, pagando los servicios sociales necesarios) es a través de los impuestos. Sin embargo, aquí volvemos a caer en la anteriormente mencionada cuestión de la confianza. Si los individuos, igual que han perdido la fe en el Estado, comienzan a pensar (como es el caso actualmente) que todo el que pueda evitará pagar sus impuestos, esta forma de pensar se extenderá como un virus. Y esta es una situación bastante común hoy en día: hemos acabado por sentir que nuestra contribución no no es “devuelta” en beneficios, hemos olvidado el sentido último de la colaboración. Quizá en parte porque recientemente el Estado ha utilizado nuestro dinero para rescatar bancos mientras a nos pedía que apretemos el cinturón, ha perdonado a infractores que han defraudado a las arcas por valor de millones y millones, al tiempo que ha permitido que la capacidad adquisitiva de los pensionistas se reduzca más y más. Y esta lista podría continuarse largo rato. 

Otro tema relevante abordado en la obra es el peligro de apoliticismo que impera actualmente en las sociedades desarrolladas, y especialmente entre los jóvenes. En un contexto en el que, salvo contadas excepciones, la participación en las elecciones es cada vez menor, los ciudadanos deberían repensar la forma en que entienden el «sistema». Pues, como bien indica Judt, «las democracias solo existen en virtud del compromiso de sus ciudadanos con los asuntos públicos» (JUDT, 2011: 158). Así, defiende que «la disconformidad» y «la disidencia» no solo son un síntoma de la buena salud de un sistema democrático, sino algo necesario para su correcto funcionamiento. «Tenemos que volver a aprender a criticar a quienes nos gobiernan» (JUDT, 2011: 156), sentencia.

Pero, ¿dónde deben comenzar estas críticas? Hoy en día se centran en señalar al «sistema» (Parlamentos, Senados, presidentes, elecciones, grupos de presión… etc). Pero su ineficacia invita a pensar que deberían originarse en otro sitio. Esto vuelve imperativo el repensarnos como sociedad, revisar cuáles son nuestras prioridades y qué es lo que queremos. Preguntarnos qué podemos corregir en el seno de nuestra sociedad para reconducir la situación.

«Tendremos que plantearnos de nuevo los eternos interrogantes, pero estar abiertos a respuestas diferentes. Hemos de averiguar qué aspectos del pasado deseamos conservar y qué los hizo posibles. […] ¿Qué circunstancia podríamos, con voluntad y esfuerzo, reproducir?».

(JUDT, 2011: 148)

Esta cuestión está estrechamente relacionada con otra de vital importancia para lograr el mencionado cambio. Judt alerta de hasta qué punto el lenguaje de la política está vacío de sustancia y significado, e incide en la necesidad de renovar nuestra conversación pública: «No pensaremos de otra forma si no hablamos de otra forma» (JUDT, 2011: 164).

Además de este problema de ‘forma’, el británico insiste en otros dos dilemas en cuanto al ‘fondo’ a los que nos enfrentamos hoy en día. El primero se refiere a la vuelta de lo que denomina «la cuestión social» a la agenda (JUDT, 2011: 167). Es decir, el planteamiento de en qué circunstancias podemos vivir, en tanto que sociedad compuesta por individuos, de forma que merezca la pena. El segundo, además muy a la orden del día, está relacionado con las consecuencias sociales de los cambios tecnológicos. Judt recuerda que el vertiginoso avance de la tecnología tiene graves consecuencias. Por un lado, provoca que la demanda de nuevas habilidades crezca a un ritmo más rápido del que somos capaces de enseñarlas. Y por otro, que el desempleo masivo, antes concebido como un mal que se reservaba a las economías consideradas ‘mal gestionadas’, se ha introducido e instalado en las sociedades avanzadas hasta el punto de que parece más una característica endémica de éstas. Estos son retos a los que las sociedades deberán hacer frente. Y más pronto que tarde.

Sobre el futuro

Finalmente, el autor ofrece unas pinceladas que abren la reflexión sobre el futuro al que nos dirigimos, la importancia de no olvidar «los logros del siglo XX» y las consecuencias que tendría su «imprudente desmantelamiento» (JUDT, 2011: 207).  Y esta reflexión pasa obligatoriamente por el concepto de globalización y las implicaciones que tiene en las sociedades actuales.

Como bien menciona el autor, el poco interés que tenemos las personas por aquello que ocurre a nuestro alrededor es también buena base del problema. Lo vemos a diario en las informaciones de los noticieros televisivos o en los diarios. Cuanto más lejos de nosotros se encuentra el elemento noticioso, menos interés despierta. Que obviemos —ya sea voluntaria o involuntariamente— lo que ocurre en países alejados no hace sino agravar la situación. China es el ejemplo perfecto, pues no es solo «un país de salarios bajos: también, y sobre todo, es un país de derechos bajos» (JUDT, 2011: 184). A simple vista podría parecer irrelevante para nosotros lo que ocurre en la República Popular de China, pero lo cierto es que los derechos ostentados por los trabajadores allí influyen notablemente en los de otros  países: en el mundo globalizado, todo está conectado. Así, la falta de derechos mantiene los salarios bajos en China, al tiempo que influye y rebaja los derechos de los trabajadores, y por ende los salarios, de aquellos países que deben competir con este país. La reflexión está clara: ignoramos el problema, pero ello no lo hace desaparecer, más bien al contrario. La desigualdad, ya se dé en el seno de un país o entre países, tiene consecuencias gravísimas.

Judt finaliza la obra con una reflexión sobre la necesidad de «repensar el Estado» (JUDT, 2011: 186-194). El autor menciona la paradoja a la que asistimos en la actualidad, por la cual existe la creencia de que «podemos tener benevolentes Estados de servicios sociales o eficientes mercados libres, pero no ambos» (JUDT, 2011: 191). Lo cierto es que estamos más que dispuestos a impedir que el Estado intervenga en el mercado libre, pero cuando lo hacen otro tipo de organizaciones poderosas (monopolios, sindicatos o grandes multinacionales, entre otros), exigimos que el Estado intervenga para «proteger su funcionamiento». Para protegernos. Nos hemos convencido de que el Estado puede ceñirse únicamente a recoger los pedazos cuando la economía poco (o nada) regulada entra en crisis —como bien hemos experimentado con la última crisis económica, y de entre los países europeos muy especialmente en España—. Y ésta es quizá una premisa que hemos dado erróneamente por válida, y que debemos esforzarnos por olvidar.

La parte más brillante del libro es quizá que logra que germine en el lector una reflexión muy profunda sobre cómo nos hemos acomodado. Como sociedad, hemos dado por sentados derechos, instituciones, protecciones y servicios que nos han venido dados, heredados de la gran era de reformas que tuvo lugar durante el siglo XX. ¿Como sus beneficiarios, no deberíamos defender tales adquisiciones, que por otra parte tanto costaron de conseguir? Parece claro que no solo debemos algo a quienes nos precedieron, sino que también tenemos una deuda con quienes nos sucederán: la responsabilidad de dejar para ellos un mundo mejor.

Se vuelve necesaria una profunda introspección sobre qué tipo de Estado de Bienestar queremos, cuáles son las prioridades. Sin obviar, aunque Judt no incide mucho sobre ello, cómo se va a financiar: pues es importante que se propongan soluciones para una deuda pública —en algunos casos alrededor del 100 % del PIB— que hasta ahora se ha considerado imposible de reducir incluso a medio plazo, y a la que parece que deberán hacer frente las generaciones futuras.

A este propósito, dice Judt que «la izquierda siempre ha tenido algo que conservar» (JUDT, 2011: 208). Quizá, en el momento actual, debamos considerar —y los jóvenes más que nadie— que hay algo que necesitamos no solo conservar, sino RECUPERAR.

C. Benlloch


Notas

[1] El Índice de Precios del Trabajo (IPT) es una operación estadística continua de periodicidad anual cuyo objetivo es medir el cambio en el precio de la mano de obra en el tiempo como consecuencia exclusivamente de las presiones del mercado laboral, es decir, sin que dicha medida esté afectada por cambios en la calidad y cantidad de trabajo realizado. Se realiza a partir de los datos proporcionados por las Encuestas de estructura salarial (anual y cuatrienal). Más información en http://www.ine.es/.

[2] Judt defiende esta idea en la obra en el capítulo cuarto, ‘¿Adiós a todo esto?’, especialmente en el apartado ‘Las ironías del Postcomunismo’ (p.141-147)

[3] El coeficiente de Gini es una medida de la desigualdad ideada por el estadístico italiano Corrado Gini. Normalmente se utiliza para medir la desigualdad en los ingresos, dentro de un país, pero puede utilizarse para medir cualquier forma de distribución desigual.

Bibliografía

    • JUDT, T. (2011). Algo va mal. Taurus, Madrid. ISBN 978-84-306-0225-4

Datos de la obra

Tony Judt, Algo va mal. Taurus, Madrid. 2011. ISBN 978-84-306-0225-4

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